Allí estaba yo, con mis amigos, disfrutando bajo la luz de la luna de lo que iba a ser una gran velada de la noche encantada. Saul nos vino a recoger a la plaza donde siempre nos reuníamos y desde allí nos llevaría al piso donde estaríamos disfrutando y gozando de los placeres de la vida.
Camino a aquel lugar las risas y los gritos esporádicos aparecían, jugo de las bromas que nos hacíamos entre nosotros para hacer llevadero el largo camino que estábamos recorriendo por aquel tenue lugar que, poco a poco, se iba iluminando con una luz intermitente en la lejanía proveniente del faro de la ciudad. Poco después llegamos a un portal antiguo, cuyo marco parecía estar muy trabajado con las manos, y ciertos cristales rotos que nos daban a entender que ese no iba a ser un lugar muy acogedor y demasiado pequeño para las personas que habíamos.
Al subir por el portal encontramos que Saul se paró en una puerta pintada con un spray verde. Sacó la llave y la abrió. La oscuridad y el polvo envolvían aquel lúgubre lugar en el cual nos íbamos a adentrar.

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