¿Y qué hace uno cuando no puede dormir?
Pensar demasiado… Y así es. Así lleva días.
¿Será que, dentro de todo este vacío, hay algo que está empezando a llenarlo?
Esa sensación de inestabilidad, de vulnerabilidad… Yo estaba tranquilo en mi pequeña bola de cristal tormentosa. Lo tenía todo controlado y vivía en automático: dormir, comer, trabajar; trabajar, dormir, comer. No sobrepensaba, no tenía miedo de perder nada. Ni siquiera pensaba que pudiera volver a sentir algo. Uno se acostumbra tanto a la tormenta que ya no espera un rayo de sol, y cuando aparece… lo disfruta demasiado.
Empieza a disfrutar quedarse embobado mirando al sol, sonreírle, sentir ese calor. Un abrazo que no sólo calienta el cuerpo, sino también el alma. Ese sol que convierte lo gris en color, y lo que ya era colorido, en algo nuevo que mirar. Ese sol que te hace despertarte por la mañana buscando un rayito que te ilumine; que, aunque sea de noche, te hace sentir que está ahí, haciendo el esfuerzo de acompañarte hasta la cama.
Y entonces agradeces tanto ese rayo de luz y de esperanza que empieza a darte miedo… y dejas de disfrutarlo. Porque así es uno. Tiene tanto miedo que, aun teniéndolo, teme perderlo. Teme que el sol se vaya y vuelvan los nubarrones. Teme que su mundo vuelva a ser gris y ya no pueda escuchar esa sonrisa iluminar su cielo. Teme volver a no sentir, a cubrirse de piedra y no dejar entrar ni una brisa.
Teme de sí mismo, de coger una manguera y apagar el sol para que no sea él quien le abandone, sino uno quien elija pasar frío. Y seguir con miedo… Tantos años, y siempre la misma historia. No levanto cabeza. Y seguro que vuelve el runrún.
Pero… es increíble. Después de tener ese runrún, de pronto vuelve a salir el sol cinco minutos y ya estoy otra vez como un bobo, sonriéndole y disfrutándolo.
No quiero perder ese sol que me hace sentir vivo.
No quiero apagar ese sol que me hace sonreír.
No quiero hacerle daño ni que sufra por mí.
Y me pregunto: si no sé cuidarme de mí mismo… ¿Cómo voy a saber cuidar de ti?